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La sociedad mágica norteamericana aun preserva vestigios y costumbres de lo que antiguamente eran las trece colonias británicas del Reino Unido. Resulta ser una sociedad bastante peculiar sin una identidad cultural realmente definida. Ya que están los descendientes de los primeros colonos ingleses mágicos, pero también los hay quienes descienden de dichos colonos franceses y hasta algunos españoles que habitaban las tierras circundantes a las trece colonias para luego resultar ser absorbidas por los Estados Unidos de América.

En último lugar están los descendientes de inmigrantes posteriores a las épocas de la colonia o de esclavos, que nacieron con magia o directamente sus familias enteras se trasladaron a suelo estadounidense.
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Este tablón ha sido diseñado por Hardrock de Captain Knows Best. El skin fue construido gracias a la ayuda de los diversos tutoriales que ofrecen Glintz, Serenedipity y Shine, ademas, de la ayuda de todos esos miembros de FA que respondieron nuestras consultas. El tema del foro se basa en el mundo de JK, mas tiene tintes propios creados por la administración, se pide originalidad y que no copien lo que a otros con tanto trabajo les costo hacer.

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Entre líneas. [Priv. Connor Conelly]

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Es un hecho sabido por todos—comprobado históricamente— que los bibliotecarios no gustamos. Pertenecemos a los grises, a ese cupo de personas que se mantienen en una fina línea entre los que son blancos como un lienzo y quienes caminan por la negrura de la noche. Somos los puntos sobre las ies, las molestas comas que no estás seguro de haber colocado correctamente o la arruga de tu camisa favorita. No somos cómodos.

Mi maestro de Biblioteconomía solía decir que un bibliotecario eficiente tiene que ser como un mueble útil. Prestar servicio cuando es necesario, no molestar y permanecer en su puesto sin entrometerse en el camino de nadie. Cabe señalar que, a pesar de estar doctorado con honores en la materia, nunca ejerció como bibliotecario.

Los muchachos de esta escuela no me respetan. Algunos compañeros me han sugerido un cambio de peinado y un traje de enterrador, dicen que así ganaré años y dejaran de mirarme con extrañeza cuando les diga que tengo treinta. Aseguran que a más canas y arrugas, mayor es el respeto. No siempre es así, pero dejo que se crean que les voy a hacer caso. Para ello sólo tengo que sonreír escuetamente y asentir brevemente con la cabeza. Piensan  que eso es un consentimiento tácito por mi parte, además de mi manera de hacerles ver que tengo muy en cuenta sus consejos.

Las muchachas, por el contrario, me rehuyen cuando me ven aparecer por los pasillos. Su tendencia más habitual es saludarme un «disculpe» y escurrirse con rapidez por la esquina más próxima. Y sé que no es por falta de higiene corporal. Algunas me llaman señor y otras, aquellas que se olvidan que no soy un docente, me llaman maestro o profesor. Cuando se dan cuenta de la equivocación, suelen sonreír con torpeza y disculparse.

Puede decirse que, efectivamente, mi vida laboral es gris rata tirando a oscura. Pero es plena, quiero decir que, disfruto con ella. Supongo que una Biblioteca es el mejor sitio donde esconderse, buscar paz y descansar. La mayor ventaja reside en la fuente inagotable de conocimiento y entretenimiento que encierran las páginas de los libros que hay en ella. No podría encontrar sitio mejor donde vegetar.

Alguien me dijo una vez que se me daba bien hacer la fotosíntesis. Sospecho que estaba tratando de hacerse el gracioso sin éxito. Pero también tenía razón.

Estoy repasando la lista de alumnos que se han pasado del plazo de devolución de préstamo, cuando alguien deja caer suavemente un libro delante mía. Alzo la mirada al reconocer las manos y los puños de la camisa, sucios. Habrá vuelto a tener alguna caída sobre el pasto o habrá estado tumbado sobre él, otra vez.

—Que tú visites la Biblioteca es un milagro. Cuando estudiábamos parecía que le tenías alergia. ¿Se te ha curado?
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Cuando era estudiante consideraba que no había nada más aburrido que las clases o las horas de estudio. Para mi no había mayor tortura que aguantar minuto tras minuto, la pesada charla de teorías, advertencias y regaños de un profesor. Estaba convencido de que lo hacían adrede para torturarme.

Ahora que estoy en el otro bando, estoy aun más convencido de ello. Podría darles unas clases muy divertidas, podría encantar todo un terreno con hechizos amortiguadores y dejarles realizar un sin fin de maniobras, podría encantar un par de pelotas blandas para que se comportasen como bludgers y atraerles al lado oscuro —sería hilarante ver la cara del rector, si un grupo de alumnos le dijera que querían un equipo quidditch y no uno de quodpot—, podría hacer un montón de cosas, pero es mirar esas mejillas sonrojadas y esos ojitos brillantes de indiferencia, con esos gestos de insolencia... y se dispara mi vena sádica.

Dar rienda suelta a ese sadismo era la segunda razón que me había llevado a adentrarme en la que antaño fuera una de las salas más temidas por mi en Salem. La biblioteca. Había buscado entre la sección de teoría e historia del vuelo en escoba, hasta encontrar el libro más soporífero y largó jamás escrito sobre el tema. Tenía quinientas paginas y mis alumnos iban a tener que realizar un trabajo sobre él. Por supuesto no tenía ni la más mínima intención de revisarlos, ni puntuarlos, pero eso no lo mencionaría hasta que preguntasen por la nota.

La primera razón por la que había acudido la tenía delante.

—La alergia a las bibliotecas remitió milagrosamente en cuanto tuve edad para acceder a la sección para adultos. ¿Y tú? ¿Sales alguna vez de ella? No te he visto desde que empezó el curso.

Me senté en el borde del escritorio, recuperando la costumbre de mis años de adolescente descarado e irrespetuoso. Ahora que lo pienso... creo que nunca he dejado de serlo. Madurar esta sobrevalorado.

—¿Hace cuanto que no nos vemos? ¿Cinco años? Habría esperado que corrieras a mi encuentro, para poder arrastrarme a tomar unas copas y hablar de los viejos tiempos, y de como nos ha ido la vida... espera, ese soy yo, pero no he podido antes. Ser profesor es más duro de lo que esperaba.

Tamborileé los dedos sobre el libro, sonriendo con perfidia al pensar en las caras de horror que podrían mis alumnos. Si me divertía mucho con esto, lo convertiría en una tradición.

—¿Entonces qué? ¿Me dejarás que te desempolve un poco cuando terminen las horas lectivas?
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—Depende. —le respondo mientras ojeo el libro que piensa usar como aparato de tortura. —Si entra en la oferta una cena, entonces acepto.

Sonreír frente a Connor, es fácil, simple y agradable. Parece mentira que hayan pasado cinco años desde la última vez que nos vimos. Pero así ha sido. La última vez que hablamos fue tras el funeral de mis padres, bebimos más de la cuenta y luego él se marchó a Europa a disputar algunos partidos. No volvimos a vernos después de aquello. Él tenía una vida ajetreada y yo estaba trabajando en Salem. Después, simplemente perdimos el contacto y nunca supe si fue porque no nos interesaba seguir siendo amigos o porque ambos tendemos a complicar las cosas.

Fue extraño verle el primer día de curso entre el profesorado, siendo presentado por el Rector como el nuevo profesor de vuelo. No cabía en mi de la sorpresa, de todas las personas del mundo entero, Connor Conelly era la última a la que podría esperar ver cubriendo un puesto de docente. Era absurdo y sin embargo, real. Ahí estaba, sonriendo como si necesitase esforzarse en llevarse a todos al bolsillo.

No ha cambiado nada. Sentado sobre el borde mi mesa sigue pareciendo el Rey del Gallinero, igual que cuando estudiábamos o incluso peor, porque ahora tiene un aire a intento de adulto que no va con él, que desentona en su imagen de chico malo y rebelde pero bien arreglado. Es un muchacho de buena cuna que juega a ser el malo de la historia. Ni siquiera puedo ponerle el epíteto de hombre, le viene grande.

—No puedo creerme que ahora seas profesor. —meneo la cabeza mientras recojo los papeles que tengo sueltos sobre la mesa. —Tu abuela estará que se sube por las paredes. Al fin alguien sigue sus pasos, aunque no sea en herbología. ¿Cómo está?

Magnolia Conelly, menuda arpía. Encantadora es, pero también puede ser desagradable e hiriente cuando quiere. Siempre ha hecho las cosas a su modo y eso se nota en como ha educado a Connor, como a un príncipe que sabe que si quiere, puede comerse el mundo entero. Costaría creer, al vernos hablar juntos, que esta persona y yo fuésemos cercanos durante nuestros años de estudiantes. No podría haber antítesis más llamativa; la rata gris de biblioteca y la estrella de lo incorrecto. Seguro que será igual de popular como profesor que cuando era alumno.

—Todavía no comprendo porque te retiraste... —me reclinó en mi silla y bajo la voz al notar que hay un par de alumnos pasando cerca de nosotros. —A ti te encantaba el quidditch, jugar como profesional era tu sueño.

Nos miramos a los ojos y por un momento me preguntó si no estaré metiendo el dedo en alguna llaga o herida que todavía está abierta, pero no me disculpo, porque quiero saber que le llevó a abandonar algo que era más importante que cualquiera de los que le rodeábamos en aquel entonces. De repente, me parece que han pasado diez o veinte años desde la última vez que nos vimos, y me siento extrañamente mayor, como un viejo habitando un cuerpo joven.


Última edición por Evan De Sauvaterre el Vie Oct 09, 2015 12:51 pm, editado 2 veces
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—Hecho.

Acepto sin pensármelo. Es muy sencillo empalmar una cena con unas copas, charla y otras cosas. Seguro que hace mucho tiempo que no tiene que ir a trabajar con resaca del día anterior. Eso no puedo permitirlo ¿cómo va a apreciar el resto de días de sobrio y aburrido trabajo sin pasarlo mal al menos uno a la semana? Hay que arreglar este problema.

Siempre a sido demasiado cerrado, demasiado hermético. Ser tan bueno no es sano. Por lo menos se ha metido a bibliotecario, dejando de lado el legado familiar. Si hubiera llegado a tomar el relevo habría sido total y completamente miserable. Estoy seguro de ello.

—¿Cómo va estar? Como una rosa, no te extrañe si nos acaba enterrando a todos.

Dado el historial de mi familia, tampoco sería tan improbable, pero esperemos que haya heredado la linea de vida de los Harris y no la de los Conelly. Me encantaría morir a edad avanzada y con las botas puestas. Como probablemente le suceda a Magnolia. No creo que mi abuela se vaya de este mundo por las buenas, seguro que hará trabajar de lo lindo a la parca.

Se me borra la sonrisa con la mención del quidditch. Casi se me olvida que no ese hizo eco del asunto y que no hay forma de que Evan se haya enterado. No creo que sea el mejor lugar para explicarle la historia completa, pero al menos si un adelanto.

—Bueno, digamos que algunos sueños pueden convertirse en pesadillas. Ya te lo contaré después.

Y a ser posible después de un par de copas que suavizaran el golpe. Me costaba reconocerlo, pero aun me escocía en el ego, aunque no lo suficiente para haberme quedado. No habría merecido la pena.

—¿Y qué tal el señor bibliotecario? ¿Te dan muchos problemas los chicos? Yo aun me acuerdo aquella vez que me gané un hechizo silencio de cinco horas de duración. ¿Sabes si terminaron poniéndole una medalla a tu antecesor?
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Miro a mi alrededor y suspiro. Los chicos de los que Connor habla son extraños. Mi hermana mayor dice que debería de saber comunicarme con ellos puesto que estoy en los treinta, soy relativamente joven, y no pertenezco al claustro de profesores. No podría estar más equivocada. A veces siento que hablamos idiomas diferentes. Es una sensación que lleva acompañándome desde mi primer día de trabajo y que no ha remitido en cinco años.

—Se les tolera. —respondo en voz baja antes de menear la cabeza y decidir ser sincero. —En realidad no. Puedo contar con una mano aquellos que me caen bien y juro que me sobran dedos.

He sido, pese a mi estatus de adulto, blanco de alguna que otra jugarreta que aunque no han tenido consecuencias desfavorables para mí, si que han sido molestas y poco originales. Los chicos de hoy en día hacen exactamente las mismas bromas pesadas y estúpidas que hacían cuando me gradué hace doce años. Salem no cambia. Y la sociedad de magos tampoco lo hace. A veces me da la sensación de que estamos atorados en un bucle constante, repitiendo las mismas escenas y los mismo sucesos una y otra vez. Como las bromas.

—Una medalla no, pero hay quien todavía asusta a los más crédulos con que, o se portan bien o vendrá y les lanzará un calvario o peor, un densaugeo. Lo triste es que, pese a que no tenemos nada de parecido, algunos se empeñan en decir que soy hijo suyo o nieto y otras tonterías más.

El reloj que hay sobre mi mesa me avisa de que en cinco eternos minutos esto se habrá terminado y podré cerrar las puertas de la Biblioteca y echar a todo el mundo fuera. Lo estoy deseando. Hoy estoy excepcionalmente cansado, aburrido y deseoso de cenar con Connor, a pesar de que sé, que me hará beber tanto que por la mañana desearé lanzar en su contra un furunculus tras otro hasta que me encuentre mejor.

—¿Te quedas a ayudarme a cerrar o vas a escaquearte como te escaqueas siempre de cualquier tarea?

Y alguien ha permitido que este vago llegué a profesor. Esa persona, si que merece una medalla.
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Me río, asintiendo con la cabeza para darle la razón. Yo todavía no he encontrado un crío que me caiga bien. Me hacen plantearme si yo también parecía un cordero medio retrasado el primer curso o si es algo que ha pasado con esta generación. Por Merlín, espero que sea lo segundo.

—Vaya, pues puedes usar ese falso rumor sobre tu ascendencia a tu favor, la próxima vez que veas a unos chicos dando problemas en la biblioteca, prueba a sacar tu varita y acariciarla mientras les miras fijamente. Me encantaría poder ver la expresión de sus caras... sácales una fotografía cuando lo hagas.

Levanto las cejas en un gesto de petulancia, sacudiendo una pelusa invisible de encima de mi ropa.

—¿Esas son formas de pedirme un favor? Las familias francesas no tenéis educación.

Suelto un par de carcajadas después la burla sobre las desavenencias existentes. Siempre he pensado que se da demasiada importancia al poder político y muy poco a disfrutar de la vida. Parece que los magos olvidamos que la magia no proporciona la vida eterna. A no ser que creas en los rumores sobre Nicolás Flamel.

—Haré lo que pueda, pero no me eches la culpa si los alumnos no pueden encontrar los libros mañana... vale, vale, seré un buen chico, no me lances nada.

Alzo las manos en gesto de rendición. En el fondo tengo bastantes ganas de buscarme una excusa plausible por la que no pueda ayudar. Lastima que la medimagia no me deje muchas opciones, eso y que Evan me conoce lo suficiente para saber cuando miento. Es una de las desventajas de pasar demasiado tiempo con una persona.
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